Y… ¿Por qué no?
Desde que tengo uso de razón, ir a comprarme ropa, ir al médico, tener una cita o simplemente mirarme al espejo ha sido una lucha constante, incluso prepararme mentalmente para los prejuicios y comentarios que vienen.
Fui criada por mi abuela materna. Según lo que me han contado, siempre fui una niña que estaba por el límite -bajo- de mi peso “ideal”, por lo que ella tenía ese concepto de “niño gordo, niño sano” [cabe destacar que mi abuela vivió en una época donde los niños se morían de desnutrición] y, pues, me alimentó mucho más de lo que debía y nunca más volví a tener un peso “saludable”.
Así pasé mi infancia, mis padres nunca me limitaron a hacer cosas por el tamaño de mi cuerpo, todo lo contrario, me incentivaban a participar en el acto del colegio, en el baile, en natación, en verdad, en lo que fuera y hasta ese momento iba todo bien.
Pero llegó la adolescencia, empezaron los permisos para ir al mall con las amigas, ir al cine, ir al cumpleaños del niño “más lindo del curso” e ir a comprarse ropa. Fue en ese preciso momento que algo se quebró en mi. Tratar de encontrar algo ad hoc a mi cuerpo era casi imposible [hablo de la época del 2000 - 2010], nada me quedaba y lo que me quedaba era un pedazo de tela café sin forma de la sección de señoras “EXTRA Lindas”. Era realmente frustrante cuando mis amigas salían con bolsas llenas de ropa y pues, yo ahí, con un helado de consuelo.
A mis 15 años me sometí a una cirugía bariátrica. No era tan común como ahora, menos que una menor de edad fuera candidata a una operación como esa. Fui un poco “ratón de laboratorio” del médico que me operó y claramente las cosas no salieron tan bien durante ni después de la intervención. Taquicardia, anemia, fiebre e infección fueron un poco de las cosas que ocurrieron.
Y ocurrió lo que esperaban, aún que no fue tan satisfactorio, tanto como para el médico como para mi. Sí, bajé de peso, pero veía en la mirada de ese profesional la frustración de que este experimento no salió como quería. No bajé lo que tenía que haber bajado según los estudios, al final la explicación fue que mi metabolismo era lento.
De todas formas, por fin podía elegir lo que quería comprar en la sección juvenil.
Así fue hasta que entre a la universidad. A los pocos meses de entrar a estudiar, mi abuela falleció y mi mundo se oscureció. Caí en una depresión bien funcional, hasta que hice crisis. Sentía culpa, rabia, pena, no me gustaba lo que estaba estudiando ni el lugar. Tuve una relación que no fue lo que esperaba y un montón de cosas más que no creo que sea necesario detallar. Fue ahí donde volví a refugiarme en la comida.
Tomé terapia y me ayudó un montón. Nunca me gustó lo que había entrado a estudiar, lo hice un poco para demostrarle a los demás que no podía ser menos que el resto de mis amigos y familia.
Y lo decidí, quería estudiar Diseño de moda. Se lo planteé a mi mamá y me dijo que iba a apoyarme (quienes nos conocen, saben que es uno de mis pilares fundamentales de mi vida). Con mi papá fue distinto. Le costó, no le gustó y pasó mucho tiempo para que aceptara lo que quería hacer. Mi hermana, por otro lado, siempre fue una de las que me decía “dale no má”, me hacía barra y me daba soluciones cuando me ponía en el peor de los escenarios.
Y llegué a este nuevo espacio. Estudié moda, sin saber coser, sin haber tocado nunca una máquina, sin saber dibujar y pensando que Coco Channel solo era un perfume. Me imagino que se preguntarán por qué lo hice si no sabía casi nada de moda. Y fue por dos razones, la primera era porque soñaba con trabajar en el Cirque Du Soleil (esa historia se las cuento en otra oportunidad) y porque quería que otras “Karlas” no pasaran lo que pasé yo. Siempre he creído que todos lo cuerpos tienen el mismo derecho de ocupar espacio y vestir como se le antoje a cada uno. La industria nos ha enseñado que es nuestro cuerpo el que debe cambiar para sostener la moda, pero no es así, es la industria la que tiene que entender que no existe una talla “estándar”, un color ideal de piel, de ojos o pelo. Somos distintos, en forma y pensamiento, eso nos hace únicos, irrepetibles y reales. Desde esa inquietud nace Hebe, para darle la oportunidad a estas nuevas generaciones -y a las antiguas, por qué no- de vestir sus cuerpos como quieren, sin tener que adaptarse a la tendencia del momento y teniendo conciencia que cada prenda o accesorio que uses es un acto político de decir “AQUÍ ESTOY, EXISTO Y ESTA SOY YO.”